domingo, 1 de noviembre de 2015

Los guantes de seis dedos


Ella era una gran amante de la naturaleza.
Cuidaba su jardín con devoción, casi con obsesión.
Tal era su amor por las plantas que a veces dormía al pie de las macetas para evitar que en invierno se congelaran.  Se sentaba delante de ellas en el invernadero y pasaba los meses de frío tejiendo fundas para las plantas mas delicadas.

Con los años dejó de tratar con las personas, y solo se relacionaba con el dependiente del vivero. Cuando iba a comprar abono y guías para sus plantas apenas hablaba y emitía un suave gruñido de agradecimiento cuando recogía las vueltas de su compra, sin mirarle a los ojos. Hasta que dejó de hacerlo.

Le daba vergüenza que los demás vieran que le había salido un sexto dedo en cada mano. Una suerte de margarita esbelta y blanca ahora hacía de nueva extremidad entre el índice y el pulgar de sus manos.

Ella estaba realmente orgullosa de que la naturaleza le regalara ese don. Creía que era un presente por haber sido tan solícita y atenta con sus plantas, un regalo por los servicios prestados.

Así que aquel invierno no tejió para sus plantas. En su lugar se hizo unos guantes nuevos de seis dedos para ocultar su regalo, como un disfraz de súper héroe que preservaba su identidad. Y así volvió al vivero.

El dependiente le recibió con una sonrisa tímida y un tanto ruborizado. Y al pagar aquella vez, ella se percató de que los guantes de trabajo que siempre llevaba el muchacho tenían más dedos de lo habitual.

Abrió muchos los ojos y con un soplo de voz dijo "adiós" mientras recogía su compra y salía apurada de la tienda.

Aquella noche no durmió, tejiendo un nuevo par de guantes para aquel muchacho. No le parecía apropiado que otro elegido llevara siempre guantes de cuero ásperos y sucios.

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